Fango

Recién había llegado a aquel lugar, cuando pude ver cómo el cielo se pintaba de rosa y color naranja, el viento frío rosaba mis brazos y tuve que cruzarme de manos para seguir avanzando, en mi cabeza rondaban muchas ideas, tantas que no sabía por cuál decidirme para poder darle solución. Mi corazón se sentía apachurrado y mis ojos cansados… Estaba cansada de estar en aquella situación.

Me encontraba en las instalaciones donde aprendí a orar, y ahora, aprendía a escuchar, así que busque el aula donde tomaría clase aquella noche, esperando encontrar a alguien que me distrajera de mi ensimismamiento, pero, me di cuenta que estaba sola, no había llegado nadie, así que me acerque a uno de los jardines y me acosté en el césped frío, pude terminar de ver los últimos rayos de sol de aquel día. Las luces artificiales se encendieron para iluminar el camino. Las siete de la noche marcaba el reloj y ni un alma se encontraba conmigo.

No quedaba de otra, tenía que hablar conmigo, sincerarme y ser honesta.

“Dios mío, ¿Qué puedo hacer?” fue lo que salió desde el fondo de mi diafragma y salió de mi boca. Estoy perdida.

Me siento perdida, no me siento respaldada, perdí el sabor a la Vida, la pasión por despertar cada mañana, sé que es un invierno en mi existir, no importando que me encuentre en mayo… pero, ¿Desde cuando el tiempo es vital para este ser humano?

De pronto… como en Alicia en el país de las maravillas, sentí cómo caía por un profundo pozo, pude sentir el viento en mi cabello y el vacío en mi estómago, no encuentro el fondo…

Caí y no sé cuánto… no sé si tres metros bajo tierra o solo fueron unos cuantos centímetros. Me encontraba al final de aquel pozo con las manos, pies, brazos, con todo mi cuerpo completo, pero bañado en lodo…

Apestaba.

Parecía que tenía siglos echado a perder, olía a chiquero, olía a algo tan familiar que parecía mío… olía a soledad, represión… Olía a la peor versión de mi, a aquella que le gusta seducir de cerca a la vanidad y el egocentrismo, donde radica el: “yo puedo con todo sola”… Estaba frente a la peor de mi… La más honesta, la más clara, la que no me gusta aceptar que soy, la que manda, la que admite tener siempre la razón o aquella que se fija más en los errores ajenos que en los propios… La que prefiere no hablar de su vida, porque es más fácil arreglar la ajena, pues claro ! Si la zorra no se ve su propia cola. Mantener esa “máscara” de ser ejemplo, la “sonrisa” de bondad y la mirada de “confía en mí, qué se lo que hago” era lo que me estaba torturando.
Llegue a lo mas profundo de mi ser, a la mierda que desechó y que ya no pienso esconder, llegue al punto donde estar en el fondo me hace sentirme vulnerable y eso señores míos, también soy yo y está bien reconocer lo peor.

 

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